Es el momento culmen de nuestra fiesta y, sin embargo, para las Falleras Mayores significa el fin de un periodo mágico, quizás el más emocionante de sus vidas, cuya carga se expresa por medio de unas lágrimas que, más tarde o más temprano, siempre hacen acto de presencia.
Y por otro lado, es el acto que resume en apenas unos minutos la grandeza de la esencia misma de las Fallas: el arte se consume por la voraz acción del fuego purificador que, enmedio de petardos y carcasas, se cobra su pieza en una ofrenda perfecta que abraza la venida de la Primavera. Un ritual pagano, ancestral donde los haya, que ha sobrevivido al paso de los siglos camuflado entre infinidad de símbolos religiosos que, sin embargo, lo respetan y guardan su espacio.







